domingo, 8 de junio de 2008

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN


HOMILÍA EN LA FESTIVIDAD
DEL
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

(con oportunidad de la elevación de la Natividad del Señor, de Belén de Escobar, al rango de Cocatedral de la diócesis)

Viernes 30 de mayo de 2008

Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, queridos hermanos y hermanas. Estamos muy contentos hoy por el don que nos ha hecho el Papa Benedicto XVI, de esta nueva cocatedral de la diócesis. Agradezco el saludo y la felicitación de las autoridades municipales, en especial del Sr. Intendente, y el regalo del escudo del partido, que me acaban de entregar en el Municipio. Al mismo tiempo, les expreso mi alegría y –por qué no- mi asombro ante la gran concurrencia de fieles, puesto que en el día de hoy daremos ejecución al decreto pontificio de elevación a concatedral, siendo que las celebraciones principales tendrán lugar en el mes de septiembre. Gracias al Señor, han sido tan numerosos los fieles laicos que quisieron compartir esta celebración que otros tantos hermanos y hermanas llenan el salón pastoral contiguo y siguen esta misa a través de una pantalla gigante.

Pido reciban mi agradecimiento los numerosos medios de comunicación locales y regionales presentes hoy presentes, y quienes transmiten esta celebración a través de los distintos canales de cable del país.

I
CONTEMPLEMOS AL NIÑO DIOS, QUE SERÁ EL HIJO CRUCIFICADO Y RESUCITADO

Son cristianos comprometidos de verdad quienes se alimentan del banquete pascual del Cuerpo y la Sangre del Redentor y, compartiendo plenamente el amor que palpita en su Corazón, se esfuerzan por ser cada vez más evangelizadores y testigos de solidaridad y esperanza.

Entonces, demos gracias todos a Dios, nuestro Padre, que nos ha revelado su amor en el Corazón de Cristo y nos ha consagrado con la unción del Espíritu Santo (1) , pues por ello estamos hoy aquí. En el escenario que nos presenta el magnífico retablo principal de esta iglesia vemos a Jesús de Nazaret, el Niño del pesebre de Belén, es el Verbo eterno de Dios que se ha encarnado por amor al hombre (cf. Jn 1, 14). Hoy también nosotros queremos experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo. Y refiriéndonos a dicha experiencia personal del Amor divino, quisiera recordarles algunas palabras del Papa Benedicto XVI al respecto, que se refieren al culto del Sagrado Corazón: “El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también y sobre todo a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio (…) Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: la una hace referencia a la otra (2)” . Por ende, el culto al Corazón de Cristo nos hace ver más claro cómo este último es «sede universal de la comunión de Dios Padre (...), sede del Espíritu Santo» (3) .

A poco que reflexionemos sobre nuestras propias vidas, veremos cómo el Culto al Sagrado Corazón nos hace un bien inmenso. Pensemos también que el Concilio Vaticano II recomienda los actos de piedad del pueblo cristiano, especialmente cuando son hechos por recomendación de la Sede Apostólica (4) , y es el caso de la celebración que hoy festejamos con gran alegría, coincidentemente con el anuncio al clero y pueblo cristiano de la declaración de este templo como concatedral de nuestra Iglesia local.


II
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y SU MISTERIO

El corazón no es sólo un órgano que condiciona la vitalidad biológica del hombre, sino que es, en sentido profundo y verdadero, un símbolo real que se refiere a toda la interioridad del ser humano y que por consiguiente habla de la interioridad espiritual del hombre. Esa "riqueza de Cristo" es, al mismo tiempo, el "designio eterno de salvación" de Dios que el Espíritu Santo dirige al "hombre interior", para que así "Cristo habite por la fe en nuestros corazones" (Ef 3, 16-17). Y cuando Cristo, con la fuerza del Espíritu, habite por la fe en nuestros corazones humanos, entonces estaremos en disposición "de comprender con nuestro espíritu humano" (es decir, precisamente con este "corazón") "cuál es la anchura, la largura, la altura y la profundidad, y conocer la caridad de Cristo, que supera toda ciencia..." (Ef 3, 18-19).

Acabamos de escuchar la Lectura del santo Evangelio según san Mateo (11, 25-30) que nos dice: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera". El yugo de Jesús se volcó a nosotros como bendición. Cómo olvidar cuando “(…) uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua" (Jn 19, 31-34).Pero, al mismo tiempo, esta apertura anatómica del corazón de Cristo, después de la muerte —a pesar de todo el «verismo» histórico del texto— nos induce a pensar en un sentido mucho más profundo: "Mirarán al que traspasaron" (Cfr. Jn 19, 37; cf Zac 12, 10).

Por todo esto, por este misterio tan profundo que nos revela la Palabra de Dios, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es para transmitir y consiste en «la adoración y en la reparación», dirigida a Cristo y fundada en el misterio de la Eucaristía, la cual consigue nuestra santificación y la glorificación de Dios, a la cual tienden todas las obras de la Iglesia como a su propio fin (5).

Santa Margarita María de Alacoque, nos transmitió, mediante una piadosa tradición, las promesas que Jesús hizo a quienes fueran devotos de su Sagrado Corazón:
* Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida.
* Les daré paz a sus familias.
* Las consolaré en todas sus penas.
* Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte.
* Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas.
*Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia.
* Las almas tibias se volverán fervorosas.
* Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección.
* Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada.
* Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos.
* Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción.
* A continuación promete a quienes comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final, siendo el Corazón divino su refugio en aquél último momento.

Pienso que es bueno reconocer que a veces puede darnos cierto «pudor eclesiástico» el transmitir estas cosas de este modo, sobre todo ante cierta hipercrítica al respecto, pero en tanto son avaladas y autorizadas por la Iglesia no deben avergonzarnos, siguiendo el espíritu del texto del evangelio de Marcos 9, 38: "Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras (…) también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" ( Ver también Mt 10,33; Lc 12,9; 2 Tm 2, 12). Estas palabras muestran que el misterio del corazón, el cual se abre a través de las heridas del cuerpo de Jesús, proyecta en realidad el gran misterio de la piedad, a través del cual se abren las «entrañas de misericordia» de nuestro Dios (6).


III
EL CORAZÓN DE JESÚS NOS HACE INSTRUMENTOS DÓCILES DE SU JUSTICIA DIVINA Y DE SU AMOR

Lo primero es la contemplación, y por ello la mirada en el costado traspasado del Señor, del que salen «sangre y agua» (Cf. Jn 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús. Porque la contemplación en la adoración del costado traspasado de la lanza nos sensibiliza ante la voluntad salvífica de Dios, haciéndonos capaces de confiar en su amor salvífico y misericordioso. En ese mismo acto, nos refuerza en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus «instrumentos», mientras más dóciles al Espíritu, mejor. Un instrumento indócil ya no es un instrumento fiel.

La docilidad al Espíritu nos lleva a vivir la insigne caridad, que Cristo demostró en su pasión (7) , con su Corazón cual «hoguera ardiente de caridad, (...) símbolo e imagen expresiva del amor eterno con el que “Dios tanto amó el mundo que le dio su Hijo unigénito (Jn 3, 16)» (8). Por eso, para ser fieles discípulos, es necesario acercarnos a Él con corazón ardiente, para recibir el ardor «como de una brasa», a fin que ésta destruya en nosotros todo lo que nos aleja del Señor, e ilumine nuestros propios corazones. El ser así ardientes nos hace semejantes a Dios (9) , y esta verdad más profunda de nuestro ser nos hace procurar la justicia, virtud cardinal, y hacerla eclosionar en la virtud de la caridad, también en su dimensión social. Los invito a considerar cómo este testimonio fundamental, el de la caridad social, es un gran signo de los tiempos para el mundo de hoy, y también signo de credibilidad de nuestra vida eclesial. Está incluido como en un «todo-íntegro» en la misión y en la evangelización, de naturaleza, en sí, profundamente religiosa.


El «Compendio de la Doctrina social de la Iglesia», de hecho, nos dice que “La plena verdad sobre el hombre permite superar la visión contractual de la justicia, que es una visión limitada, y abrirla al horizonte de la solidaridad y del amor: « Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor” (10). La caridad presupone a la justicia; si esta no existiera como base, no habría fundamento para la caridad; es por ello que se trata de una virtud cardinal. Pero la caridad la supera y la hace eclosionar, como dijimos, la hace potenciarse desde dentro. De aquí que la dimensión social de la caridad sea la solidaridad, hoy día considerada como camino privilegiado de la paz social. Retomando palabras de Juan Pablo II, si bien la paz es fruto de la justicia, «hoy se podría decir, con la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica (cf. Is 32,17; St 32,17), Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad »(11) .

Sería estupendo que hoy encontráramos la ocasión no sólo de meditarlo sino de dejar que el Espíritu obre esta convicción en nuestros corazones, para ser cada día más constructores de un humanismo cristiano, integral y solidario, más digno del hombre y más digno de Dios Creador y Redentor del hombre.

La Virgen María, a la que veneramos en el este templo como la Madre en la Natividad de su Hijo, Jesucristo, nos acompañe y guíe, y que la Estrella brille siempre sobre nosotros.


----
1. Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, 10.
2. BENEDICTO XVI, Carta al reverendísimo padre Peter-Hans Kolvenbach, S.J., Prepósito general de la Compañía de Jesús, en el quincuagésimo aniversario de la encíclica «Haurietis aquas», Ciudad del Vaticano, 15 de mayo de 2006.
3. JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general del miércoles 8 de junio de 1994, n. 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de junio de 1994, p. 3.
4. CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concililium, n. 13.
5. Cf CONC. VAT. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 10.
6. SAN BERNARDO, Sermo 61, 4; PL 183, 1072.
7. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Opusculum 57.
8. Pablo VI, Investigabiles divitias Christi, 5, en AAS 57 [1965] 268.
9. Cf. SAN JUAN DAMASCENO, De fide orthod., 4, 13: PG 94, 1150.
10. PONTIFICIO CONSEJO «IUSTITIA ET PAX», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 203.
11. Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 39: AAS 80 (1988) 568.

No hay comentarios:

Publicar un comentario