martes, 29 de mayo de 2012

Mensaje pastoral de Pentecostés, junto con María, la Madre de la Iglesia

Con María, la Madre de Jesús, llena del Espíritu



Creemos en el Espíritu Santo; creemos en su Esposa, María Virgen, con quien queremos hoy, y siempre, estar. Estar junto a María nos ayudará a amar más a la Iglesia, como Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios, pues en Ella encontramos “la esencia de la Iglesia”; Ella “refleja” la Iglesia, es de ésta el ícono más puro, el modelo y la Estrella matutina, de salvación.

Hemos estado juntos, ya desde el aparecimiento de la primera estrella, ayer, sábado, y hoy, domingo, como en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hch 1,12-14), como los Apóstoles, los discípulos, todos ellos, todos nosotros, íntimamente unidos, dedicados a la oración, en compañía de María, la madre de Jesús, y de nuestros. Se realiza cada día, muy en especial en Pentecostés, en y desde la fe, lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo, en el evangelio según San Juan (Jn 19,25-27):“Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Lo importante, más que “hacer” (aunque sin restarle incidencia) es “dejarse hacer por la Gracia”, esto es, en un sentido, lo que la constitución Lumen gentium dice cuando se refiere a lo que cada integrante de la Iglesia puede llegar a ser cuando se deja inundar por el Espíritu, y ve en María al modelo supremo, y «verdadera madre de los miembros de Cristo»[1]

La mirada de María nos hace penetrar en la esencia de la Iglesia, indeciblemente más allá de las poquedades o límites de nosotros, miembros por el bautismo, ya sea laicos o pastores, o en el estado de vida que tuviéremos. No hay turbulencia que aflija a los miembros de la Iglesia que pueda opacar a la Stella salutis, que es María, y que nos ilumina en todos nuestros pasos puesto que Ella, la dichosa Mujer a la que revistió el sol de la Verdad, “creyó”, con todo su ser, que “nada es imposible para Dios”(Lc 1, 37). Él todo puede, y espera de nuestra libertad el “sí, fiat…” para el cumplimiento de sus promesas, realizaciones de la Promesa ya cumplida en la que María creyó, Ella, la bienaventurada Mujer de la escucha del Señor (Cf Lc 1,45).

Que nos guíe María para que, como miembros que somos de la Iglesia amada, sacramento universal de salvación, nos dejemos inundar más por el Espíritu, en y desde la oración, tengamos mayor experiencia de vida de “Cenáculo”, más espíritu de fe, más acogida del don de piedad (la piedad verdadera, la pietas), más realización de la virtud sublime de la justicia,  más misericordia, y más clemencia, como la clemencia que nos tuvo, viendo a todos los hombres de todos los tiempos, el Cristo de la paciencia, junto a la columna. Es siempre iluminador el mirar al Cristo de la columna, sí, también hoy, en Pentecostés, aunque no estemos en el tiempo de Cuaresma: ¿Qué nos habría ocurrido si se hubiera aplicado a nosotros una justicia, más que sublime –y por ello santa-, estrictamente “reivindicativa”, o “vindicativa”?.

El don de sabiduría, del Santo Espíritu nos podrá ayudar a profundizarlo, y a revisar nuestra actitud de vida, pues es un don de fuego suavísimo e iluminador.

Fuego divino, ardor que renueva la faz de la tierra

Roguemos, para estar prestos a “recibir” el fuego divino. Dios siempre da. El Señor dio para siempre a la Iglesia “otro Paráclito”, Espíritu de consuelo, para que se quede con nosotros para siempre (Cf Jn 14,15-16). El nuevo curso del “fuego divino” transformador lo vemos en los Hechos de los Apóstoles (Cf Hch 2,1-11). El fuego divino es suave, transforma por dentro, es cumplimiento del deseo de Cristo (Cf Lc 12,49: “he venido a traer fuego a la tierra y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”), no destruye sino que arde, es incandescente como el fuego de la zarza que ardía sin consumirse (Cf Ex 3,2).

Ese fuego es “don del Espíritu de Dios” que nos renueva, que nos hace nuevas creaturas, y que, en cierto sentido, nos hace “nacer de nuevo” en Pentecostés, muriendo a las letales “obras de la carne”, las cuales encierran en un atroz egoísmo (Cf. Gal 5,16) y que empodrecen lo que en nosotros hubiera sido la realización del “fruto” anhelado, el amor, la alegría y la paz, frutos auténticos del Espíritu (Cf Gal 5,22).

El Santo Padre Benedicto XVI ha llamado nuestra atención en su homilía de hoy acerca de un efecto fundamental de Pentecostés, esto es, que éste sea “la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana”, pese a que a veces parezca prevalecer “la contraposición”, incluso aunque no falten la agresividad y las peleas, en este mundo, y –miremos dentro- también algunas veces en nuestras comunidades. Pentecostés, bien vivido, hará que fructifique en nosotros “la comprensión recíproca”, y que no prefiramos “permanecer en el propio yo, en los propios intereses”[2], los cuales, como profunda autorreferencia que son, nos encierran en un vicioso círculo. Sabemos que la única manera de salir de éste es quebrantándolo, quebrantando las cadenas que rodean y atan a corazones lastimados, encadenados.

Babel, ardor de la no-filiación, de la no-fraternidad

Lejos del suavísimo fuego divino, lejos del ardor espiritual, hay ardores malos, como el de la negativa profunda y existencial a vivir la filiación divina (es la anti-piedad, en el sentido en que dijimos antes), y por consiguiente la generación de la discordia, y la negativa a la fraternidad (¿acaso, en un sentido, la negativa a la filiación no lleva a la negativa a la hermandad?). Eso es el fruto de “Babel”.

El “cuadro antropológico” pertinente lo trazó hoy en su homilía el Papa, con su cita del episodio bíblico de la Torre de Babel (Cf. Gen 11,1-9), del cual explicó que es “la descripción de un reino” que no quiere depender de Dios, y que se cree “tan fuerte que puede construir por sí solo una vía que lleve al cielo, para abrir sus puertas y ponerse en el lugar de Dios”. Ocurre que, construyendo de tal modo, se destruye, porque se pretende construir “el uno contra el otro”[3]. Babel y todo lo que de ella viene excluye de la unidad caritativa, porque se opone al don de la gracia, y se opone a la verdadera paz, esto último como lo comentaba San Agustín: “(…) de este don divino de la unidad en la caridad están excluidos aquellos que se oponen a la gracia de la paz[4].

La vida se torna compleja, entenebrecida, cuando nos topamos con esa raigal “oposición”, cuando parece generarse la sensación, como también dice el Papa, de “un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco”, que nos hace percibir incluso como “peligrosos los unos a los otros”[5], esto ya significa un grado, me parece, de insuflación de “lo que no viene de Dios”. Siempre hay remedio, sin embargo, cuando permanece la esperanza que no defrauda, y para ello pienso que con renovado fervor podemos acudir de nuevo al don de la sabiduría, y a la que es Sede de ella, la Sedes Sapientiae, la Iluminada por el Espíritu. Pongámoslo en la oración, en la confianza, más que en la “procura afanosa de solución de complejidades”; lo difícil y lo que parece imposible, enrevesado y enredadizo se hará sencillo de la mano de la Virgen.

Remedios sí necesitamos. La Virgen María, Madre de la Iglesia, es el remedio a los males significados por Babel. Sólo que el remedio hemos de querer beberlo, tomarlo. Con María, todo es distinto: "Con María – afirmaba San Luis María Grignon de Monfort – se procede más suave y tranquilamente (…) esta buena Madre y Maestra se hace tan cercana y tan presente a sus servidores fieles para iluminarlos en sus tinieblas y en sus dudas, para asegurarlos en sus temores…"[6]

Si dirigimos la mirada al campo inmenso de la misión, del apostolado, de los que sufren, de los que esperan la Palabra, la Eucaristía, ¡qué distinto será todo!. Allí ilumina Pentecostés.

Cuando en una homilía de la Inmaculada el Papa Benedicto se refirió a la declaración que hiciera Pablo VI de María como “Madre de la Iglesia”, dijo que se trató de una “inequívoca alusión a la narración de Pentecostés, transmitida por San Lucas (Hch 1, 12-14)”, pues, aludiendo a los Padres conciliares, los describió como “reunidos en la sala del Concilio, "con María, la Madre de Jesús", en cuyo nombre saldrían”[7], es decir, saldrían para la evangelización, a través de la cual el misterio de la paternidad divina sale al encuentro de la humanidad.

El Santo Padre Pablo VI proclamó a la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, esto es, de todo el Pueblo cristiano, fieles y pastores, que la llamamos Madre amadísima[8]. ¿Nuestra Madre no nos iluminará en las tinieblas, no nos asegurará en nuestros temores?. Abramos el corazón a la fe, la Madre nos afirmará entonces en el mysterium pietatis, misterio de piedad.

Corazones que buscan piedad en el “templo de la luz sin sombra y sin mancha”

Hoy, en este día santísimo, busquemos como gracia especial el don de “piedad”, en el Templo que es María. Comprenderemos mejor, cordialmente, el vínculo existente entre nuestra Madre y la Iglesia, de la cual la primera es, a la vez, un miembro «excelentísimo y enteramente singular»[9]. Así amaremos más a la Iglesia, aunque por distintas razones tengamos que sufrir un poco, qué importa, si está con nosotros la que es nuestra Madre...

Ofrezcamos también el sufrimiento que nos toque, por la unidad y la paz, por la santidad de quienes formamos “un solo cuerpo”. Sepan que el Pastor de ustedes también quiere aprender a sufrir, para que se consolide entre nosotros aquello que, como dijimos, San Pablo afirma: «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz» (Gal 5,22), y que ese fruto sea delicioso de “unidad”, en la convivencia santificante, que viene a nuestras humanas almas y las vitaliza por un grado superior de operación, de obra divina (Cf Jn 14, 23; 1 Cor. 3, 16; Rm. 8, 11. 26).

Así, no nos conformemos con “entender” todo esto. Vayamos “más allá”, queramos hacer de ello una “reforma espiritual” interior. Abramos nuestro espíritu, los animo y me animo a mí mismo, a una verdadera paz, en la verdad, a un convivir, como dijo el Papa, “en el nosotros” de la Iglesia, con una actitud de “profunda humildad interior”[10], sin la cual todo va a la ruina.

Porque, estemos en esto atentos, sin este espíritu de humildad (y aún el espíritu de aceptar humillación), el misterio del Espíritu Santo podría hacerse para nosotros más bien un motivo de “responsabilidad”, es decir, se nos podría responsabilizar por no haberlo vivido bien, por no habernos abierto de verdad y con todas sus consecuencias al Amor. En ese sentido, podría llegar incluso a ser, en el decir de San Agustín, «motivo de responsabilidad y no de fortuna»[11] Desechemos las consecuencias de Babel, hermanos, porque, de lo contrario, su vorágine nos hundirá en el miedo a la libertad y nos quitará la alegría de amar y de anunciar el Evangelio. Nosotros pedimos al Señor: “Danos la alegría de anunciar el Evangelio”.

Con todas estas intenciones, los invito pues, hermanos y hermanas, hijos e hijas muy queridos de esta diócesis, casi al término del día de la solemnidad de Pentecostés, y casi ya alboreando la memoria de María Madre de la Iglesia, a ofrecer nuestro corazón a María con la oración final del Santo Padre Pablo VI cuando la declaró Mater Ecclesiae:

“Oh templo de la luz sin sombra y sin mancha, intercede ante tu Hijo Unigénito, Mediador de nuestra reconciliación con el Padre, a fin de que conceda misericordia a nuestras faltas y aleje toda disidencia de entre nosotros, dando a nuestro ánimo la alegría de amar”.


+Oscar Sarlinga, Obispo de Zárate-Campana
27 de mayo de 2012



[1] CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 53.
[2] Cf BENEDICTO XVI, Capella papale nella solennità di Pentecoste, Omelia del Santo Padre Benedetto XVI.Basilica Vaticana Domenica, 27 maggio 2012.
[3] Cf. Ibid.
[4] SAN AGUSTÍN, Sermo 271: PL 38, 1246.
[5] Cf BENEDICTO XVI, Capella papale nella solennità di Pentecoste, Omelia del Santo Padre Benedetto XVI.Basilica Vaticana Domenica, 27 maggio 2012.
[6] SAN LUIS MARÍA GRIGNON DE MONTFORT, Trattato della vera Devozione 5,5.
[7] BENEDICTO XVI, Omelia della festa dell Immacolata Concezione, 8 diciembre 2006.
[8] Cf PABLO VI, Allocuzione del Santo Padre nella conclusione della III sessione del Concilio Vaticano II, Festa della Presentazione di Maria Ss.ma al Tempio, Sabato, 21 novembre 1964.
[9] CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 53.
[10] BENEDICTO XVI, Capella papale nella solennità di Pentecoste, Omelia del Santo Padre Benedetto XVI.Basilica Vaticana Domenica, 27 maggio 2012. Domenica, 27 maggio 2012.
[11] SAN AGUSTÍN, Sermo 271: PL 38, 1246.



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